domingo, 1 de abril de 2018

Certificarse como PMP® para trabajar en Venezuela, un proyecto no rentable



Uno de los dramas que enfrentan las organizaciones venezolanas, en medio de la crisis hiperinflacionaria, es el de la fuga de talentos, y el ámbito de la gerencia de proyectos no escapa a esta realidad. En lo personal he sido testigo de cómo muchos profesionales, certificados y no, han emigrado y ahora lideran o trabajan en iniciativas, prestan servicios de consultoría y formación o han emprendido negocios en otras latitudes.
No sé si exista en el mundo un caso similar al venezolano, en el que la obtención de una certificación como el Project Management Professional o PMP®  en muchos casos, que he conocido, fue o es un paso para emprender la aventura de radicarse en otro país en condiciones laborales favorables. Y es que ante un mercado poco competitivo e incapaz de ofrecer un retorno positivo a la inversión necesaria para certificarse, no existen incentivos para hacerlo y permanecer en Venezuela, al menos no desde el punto de vista racional.
Ponerlo en números seguramente me ayudará a explicarlo mejor, sobre todo para mis lectores que no son venezolanos:
Además del tiempo y la dedicación necesaria para certificarnos como PMP® se requiere, como todos sabemos, presentar un examen cuyo costo, para no miembros del PMI®, es de 555 dólares americanos.
En Venezuela hay un control de cambio, no se pueden comprar divisas libremente, que ha dado origen a un mercado paralelo en el que un dólar, en el momento de escribir este artículo, se transaba en Bs. 235.437,00. Si suponemos que el candidato a PMP® no es miembro del PMI®, estaría cancelando el día de hoy el equivalente a 130 millones de bolívares, lo que sería igual a 333 salarios mínimos.
Este profesional certificado podría estar aspirando hoy a un salario promedio que le permitiría adquirir, también hoy, alrededor de unos 50 dólares, cantidad de divisas que iría disminuyendo, mes a mes, en la medida en que el bolívar vaya perdiendo su poder de compra.
Lo que para un profesional en cualquier otra parte del mundo sería una inversión alcanzable y rentable, en Venezuela se convierte en un proyecto no factible si el objetivo es permanecer en su mercado laboral. Además de la dificultad de ahorrar el monto necesario para cancelar el examen, tomando en cuenta los otros gastos que tienen que ser cubiertos con el salario, el costo de oportunidad es realmente elevado, en nuestra economía distorsionada colocar los 555 dólares debajo del colchón nos generaría mayor rendimiento que invertirlo, adicionalmente con ese mismo monto podría vivirse casi un año sin trabajar, los incentivos van en el sentido contrario a la certificación.
Los números no pueden ser rebatidos, mientras un PMP® podría estar ganando cerca de US$ 600 anualmente en Venezuela, en mercados como el colombiano, peruano y mexicano, para no ir muy lejos, su remuneración anual estaría cerca de los US$ 45.000, siguiendo los datos del Project Management Salary Survey, por lo que el plan de emigrar pareciera ser la mejor opción en función de maximizar beneficios.
Ante un panorama como este, es muy poco lo que una organización venezolana puede hacer para retener a su talento en gestión de proyectos, que haya decidido probar suerte en otros países. Es paradójico que en un momento en el que lo que abundan son las necesidades en Venezuela, génesis de todo proyecto, estemos “exportando” al talento que nos permitiría satisfacerlas profesionalmente. Lo que nos queda es pensar que muchos de esos profesionales que hoy se van, por razones muy válidas y que no solo tienen que ver con las finanzas, regresarán cuando todo esto pase, porque va a pasar,  con la experiencia y el aprendizaje que seguramente les habrá dejado el trabajar gestionando proyectos más allá de nuestras fronteras, para aportar a esta iniciativa llamada Venezuela.
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